lunes, febrero 11, 2008

La carretera, de Cormac McCarthy

 The Road

Cormac McCarthy es uno de los grandes de la literatura estadounidense, y su nombre siempre suena entre las listas de favoritos cada vez que se falla el premio Nobel, aunque por el momento no se lo haya llevado. No había leído ninguna novela suya, pero qué mejor ocasión para empezar que la publicación de una novela de ciencia ficción, siguiendo la tendencia de otros autores mainstream que se atreven con componentes tradicionalmente reservados al guetto del género.

The Road es una novela muy breve, poco más de doscientas páginas en su edición en inglés, y trata del viaje de un padre y su hijo pequeño a través de unos Estados Unidos devastados por alguna catástrofe indeterminada ocurrida años atras. Se dirigen hacia el sur, huyendo del hambre y el frío. Es casi imposible encontrar alimentos; todo ha sido saqueado ya. El horizonte y el suelo están cubiertos de ceniza. El frío se ceba con los escasos supervivientes. Bandas de caníbales campan a sus anchas e infringen atrocidades sobre aquellos lo suficientemente desafortunados como para caer en sus manos. En este escenario dantesco, los protagonistas, cuyo nombre nunca nos es revelado, andan con desesperante lentitud, enfermos y hambrientos, empujando un carro de supermercado con sus escasas posesiones a lo largo de carreteras en ruinas, escondiéndose de los peligros, buscando algo que echarse a la boca y luchando contra su peor enemigo: la desesperación.

El género postapocalíptico, muy tradicional en la ciencia ficción, es tratado aquí de un modo intimista y descarnado, alejado del enfoque aventurero que es habitual en el género. El autor utiliza un lenguaje lacónico y minimalista, con frases cortas y diálogos circulares como recurso con el que transmitir la sensación de desesperación y cansancio resignado en la que se ven envueltos los protagonistas. Por momentos la tristeza y falta de perspectivas atenanzan al lector y resultan abrumadoras. Es curioso cómo con frases tan repetitivas y sencillas se puede transmitir tanta emoción. Es la maestría encontrada en la simplicidad. Parece fácil conseguirlo, pero no lo es.

El padre, enfermo y tratando de ocultar a su hijo la sangre que expulsa al toser, intenta de forma conmovedora y con escaso éxito mantener alta la moral del pequeño, que puede ser niño pero no tonto, y que contempla las esperanzas que trata de transmitirle su padre con resignado excepticismo. La muerte parece en muchos momentos una alternativa atractiva, ante tanto sufrimiento sin esperanzas, pero los seres humanos se siguen aferrando instintivamente a la vida.

En fin, material poco apropiado para salir de una depresión, pero genuinamente emocionante y aleccionador. La novela explora temas como el amor entre padres e hijos y el significado de la ética en circunstancias extremas (¿tiene sentido ayudar a un anciano dándole parte de tu alimento cuando sabes que lo vas a necesitar y que de todas formas él va a morir pronto?). El autor parece cebarse con sus protagonistas y con el lector, propinándoles un mazazo tras otro. De hecho, a pesar de lo breve de la novela no pude dejar de pensar en algunos momentos que su longitud es excesiva, que no hacía falta insistir tanto en lo mismo y que la historia podría haberse contado en una menor extensión. Claro que sumergirse en este universo de desesperanza y de elegancia en la economía del lenguaje es un placer (o una tortura, dependiendo del punto de vista). Las dos cosas al mismo tiempo, en realidad.

Por lo demás, desde el punto de vista especulativo The Road no añade nada a lo ya visto en otras novelas post-apocalípticas. De hecho carece de muchos de los elementos típicos de estas novelas: no hay una exploración seria de las causas ni las consecuencias de una hecatombre que destruya la civilización, ni héroes con recursos y esperanzas, ni ideas sobre cómo podrían configurarse las sociedades formadas por los supervivientes. Pero tristeza, emoción, desesperación, el dolor descarnado que sólo una historia contada desde el corazón puede trasmitir... todo esto sí que se puede encontrar en La carretera.

En resumen, una obra más que recomendable, siempre que uno no esté buscando una historia inspiradora y que levante el ánimo al lector, y un nuevo autor que apuntar para futuras lecturas.

Cormac McCarthy

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3 Comentarios:

Blogger Quicus Magnificus dijo...

¿Te has fijado que padre e hijo no tienen nombre? El autor habla de ellos como el hombre, el padre, el hijo, el niño....pero nunca por su nombre, ni siquiera en los escasos díálogos.

Supongo que será otra manera más de mostrar la deshumanización de los personajes, como si lo hubiesen perdido todo, hasta el derecho a llamarse por su nombre.

Una novela espectacular y cruda. Me encantó.

Saludos

6:00 AM  
Blogger Farseer dijo...

Cierto. También comparto tu interpretación de por qué el autor evita darles nombre. Todo contribuye a hacer la historia más sombría y desesperanzada.

7:34 AM  
Anonymous Anónimo dijo...

Gracias por los comentarios sobre la novela de McCarthy. Quiero apuntar algo: No me parece que falten elementos propios de otras novelas postapocalipticas, en realidad la novela no lo es, la destrucción del mundo conocido - en ningun sitio se dice por ataque nuclear- tiene dos lecturas: una reflexión sobre el mundo y el tiempo, y una forma de apreciar la naturaleza humana en su nucleo más esencial, desprovista de cualquier norma social. Es una novela sobre la naturaleza humana y la dualidad eterna del hombre que la novela simplifica entre los buenos y los malos, pero que tambien comprende la sutil diferencia ante la crisis permanente de conciencia de los personajes de obrar o no bien. Es un paisaje en el que se comprende al hombre como verdadero protagonista, donde la hostilidad del mundo es extrema y la supervivencia la condena de cada día, que exige coraje, inteligencia y suerte.
He leido en otros blogs que es una novela con happy end, lo que me parece inverosimil, pues el final de feliz nada, en realidad como dice un personaje, habrá que confiar en la suerte para sobrevivir o morir, lo que no parece nada sólido para apuntalar la felicidad, que ni siquiera se basa en un dios, o en una creencia. La suerte no es nada.

Saludos

3:00 AM  

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