El Ojo del Mundo, de Robert Jordan


La Rueda del Tiempo gira y las eras llegan y pasan
y dejan tras de sí recuerdos que se convierten en leyenda.
La leyenda se difumina, deviene mito, e incluso el mito se
ha olvidado mucho antes de que la era que lo vio nacer
retorne de nuevo. En una era llamada la tercera por algunos,
una era que ha de venir, una era transcurrida hace mucho,
comenzó a soplar un viento... El viento no fue un inicio, pues
no existen comienzos ni finales en el eterno girar de la Rueda
del Tiempo. Pero aquél fue un principio.
La fantasía épica es famosa por estar plagada de trilogías o, en el peor de los casos, sagas interminables de libros ya de por sí bastante gruesos. Se ha escrito mucho sobre las causas de este fenómeno y sobre si realmente son necesarias extensiones tan pantagruélicas para crear un mundo fantástico. Algunos lectores de indudable buen criterio, como Hartree, opinan que estas sagas son prácticamente una tomadura de pelo y que cualquier historia por compleja que sea se puede contar satisfactoriamente en un número de páginas más reducido. Yo no llego tan lejos, ya que considero que la trilogía o incluso la saga son formatos para contar una historia tan legítimos como puedan serlo el relato, la novela corta o la novela. Lo que importa es que la historia sea buena y esté bien contada. Pero sí que reconozco que generalmente una saga interminable es mala señal. Casi siempre ocurre que el autor no sabe cómo ir al grano cuando la narración lo reclama, o quizá realmente esté tomando el pelo al lector tratando de exprimir al máximo una historia con una legión de fans que asegura un elevado nivel de ventas. Hay excepciones, como siempre. Me vienen a la mente la maravillosa Canción de Hielo y Fuego de Martin o incluso la serie de Harry Potter. Ambas series me gustan aunque contemplo con preocupación el modo en que aumenta la lista de títulos. Habrá que esperar hasta que sean terminadas para llegar a alguna conclusión final.
En cualquier caso, no es este fenómeno lo que quiero analizar. Únicamente viene a cuento porque el ejemplo perfecto de serie de fantasía épica interminable es la Rueda del Tiempo, de Robert Jordan. En su edición original en inglés van por la undécima voluminosa entrega, sin contar precuelas, y en español la cuenta es más complicada, ya que existen varias ediciones distintas y en cada una de ellas dividen las novelas originales en varios tomos de diferente forma. El lector interesado en que se lo expliquen puede dirigirse a Los Espejos de la Rueda, una estupenda página web en español sobre la saga. Desconozco cuántas novelas más harán falta para que concluya la historia, aunque creo recordar que en algún sitio he leído que estaban proyectadas trece en total.
Además de interminable, la Rueda del Tiempo es un auténtico éxito de ventas. Algún cínico opinará que precisamente por eso es interminable. Sus muchos fans ciertamente la consideran fantasía de la buena. Yo me acerqué a ella con cierto temor ante algunas críticas desfavorables pero también con un espíritu abierto. Estaba claro que si me gustaba iba a tener diversión para rato. Además, si tantos admiradores tiene sería por algo. No soy de los que disfrutan criticando a una novela sólo por tener éxito de ventas. Claro, que el éxito de ventas tampoco garantiza nada. Terry Brooks, lo peor que se despacha en fantasía épica, por razones incomprensibles para mí tiene éxito de ventas, por no hablar de ciertas franquicias. Y es que ya lo decía aquel dicho: "Cien mil millones de moscas no pueden estar equivocadas: ¡coma mierda!". Con perdón.
Entre estos pensamientos emprendí la lectura de El Ojo del Mundo (The Eye of the World, 1990), la primera novela de la serie, que en la última edición en español ha sido dividida en dos tomos (Desde Dos Ríos y La Llaga).
Lo primero que llama la atención es la grandeza y magnitud de la visión de Jordan, que en esta serie ha concebido la historia como una enorme rueda. Todos los acontecimientos históricos acaban repitiéndose en el siguiente ciclo de la Rueda, pero tanto tiempo pasa entre dos ciclos consecutivos que la historia pasada ya ha llegado a olvidarse, quedando sólo retazos de mitología. La Rueda del Tiempo gira impulsado por algo llamado la Verdadera Fuente, que podría considerarse como el origen de toda la magia y que tiene un lado masculino (saidin) y otro femenino (saidar). Sin embargo, en tiempos inmemoriales, se produjo un enfrentamiento entre el Creador y el Ser Oscuro de Turno™, que acabó siendo apresado. Cuando sus sirvientes trataron de liberarlo, se produjo una guerra que resultó en la Ruptura del Mundo, una de cuyas consecuencias fue la corrupción del lado masculino de la Verdadera Fuente. Como resultado, cualquier varón que trata de practicar la magia acaba irremediablemente loco. Según cuenta la leyenda, el Ser Oscuro acabará liberándose, aunque otras leyendas hablan de un Dragón Renacido que lo derrotará para siempre, aunque a costa de causar una nueva Ruptura del Mundo.

Al comienzo de la novela se introduce el personaje de Rand al'Thor, un joven granjero que vive en su tranquilo pueblo hasta que se encuentra a Moraine, una maga de una orden llamada Aes Sedai, y su acompañante Lan. Moraine descubre que Rand sufre continuas visiones en las que el Ser Oscuro le llama y le amenaza. Decide entonces que lo mejor será llevarlo a Tar Valon, la sede de las Aes Sedai, para estudiar lo que le pasa.
Entonces se inicia una típica historia de Fantasía Épica con Señor Oscuro, en la que Moraine, Rand y sus amigos viajan a lo largo del mundo, tanto juntos como separados, siempre perseguidos de cerca por un sinfín de maléficas amenazas, mientras descubren algunas capacidades que no sospechaban que tenían.
Por desgracia, la conclusión que hay que sacar de todo esto es que los puntos débiles de la novela superan a los fuertes.
En primer lugar, el problema de la Fantasía Épica con Señor Oscuro es que el adversario es unidimensional y carente de interés. En sí mismo el concepto de mal absoluto puede resultar fascinante, pero tras verlo una vez ya se ha visto todas. No hay lugar a mayores complejidades o matices. Además, al enfrentar al bien contra el mal se pierde la ambigüedad que existe en las situaciones reales, donde nada es completamente blanco o negro. A veces puede estar bien la ausencia de ambigüedad moral, mas es fácil que canse enseguida. No son éstos en modo alguno obstáculos insalvables, como demostró Tolkien. Sin embargo, a partir de ahí casi todos sus imitadores no han sido sino pálidos reflejos del maestro.
Jordan falla en su caracterización. Los personajes, blandos y sin carácter, no capturan en ningún momento la imaginación del lector. Las mujeres son todas manipuladoras y cargantes, mientras que los hombres son aburridos y de voluntad débil. La narración tampoco acaba de funcionar. Una vez completada la parte introductoria, en las setecientas páginas restantes del libro básicamente no ocurre casi nada de importancia, y el autor no es capaz de disimularlo. La persecución a la que se ven sometida los personajes no resulta en ningún momento trepidante, ya que se limita a repetir la misma fórmula una vez tras otra, sin demasiada convicción.
Por otra parte hay rasgos que sí que resultan atractivos. La mitología que ha creado Jordan es compleja y sugerente, y merecía un mejor desarrollo que el que se le da en este libro. El nivel de detalle del mundo en que se desarrolla la historia también resulta loable.En cualquier caso es demasiado poco para sostener una novela de tan grande extensión. El enorme trabajo y atención por los detalles que se hace patente en la creación del mundo de la Rueda del Tiempo parecen malgastadas en una historia que se deja leer sin crear demasiado entusiasmo. No es que sea realmente mala, pero sí mediocre. Sin duda, la fantasía épica ofrece cosas mejores.
Todo lo cual nos deja ante la perspectiva de otras diez mil páginas de saga, más las que le queden a Jordan por escribir antes de concluirla. Muchos fans de la saga coinciden en que disfrutaron de los primeros libros (los cuatro primeros, a menudo dicen en sus críticas), pero que a partir de ahí la historia entra en un bache en el que todo se va alargando cada vez más sin que ocurran apenas acontecimientos relevantes en cientos y cientos de páginas. Ésta es precisamente la impresión que he sacado de El Ojo del Mundo, así que me preocupa pensar en lo que pasará (o, mejor dicho, en lo que no pasará) a partir de la quinta novela. A falta de algo mejor me atrevería a acometer su lectura -hay cosas peores-, pero realmente no veo la necesidad cuando hay posibilidad de encontrar lecturas más atractivas. Quizá me lo replantee cuando la serie sea concluida y pueda leer críticas que den una visión conjunta de la misma, pero no lo creo.
Por desgracia, debo terminar este artículo con una noticia muy triste. Una vez escrita la crítica, mientras investigaba un poco por la red para pulir el artículo, me encontré con la reciente noticia de que Jordan está gravemente enfermo. Le ha sido diagnosticada una enfermedad llamada amilosis con cardiomiopatía, que está afrontando con notable valentía y optimismo, a pesar de que su vida está en claro peligro. Ha informado a sus fans de que está tranquilo y con muchas ganas de superar su enfermedad. Podéis encontrar información más detallada sobre su estado de salud en esta página de noticias de Los Espejos de la Rueda.
Ante esto he estado a punto de descartar el artículo, ya que la crítica es más bien negativa y no era precisamente lo que me pedía el cuerpo al enterarme de su enfermedad. Sin embargo, al final he decidido que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Sobre gustos no hay nada escrito y puedo tener una opinión negativa de una novela suya y al mismo tiempo desearle lo mejor a Robert Jordan y admirar la entereza con la que lucha por recuperarse. Ojalá lo logre muy pronto y pueda seguir deleitando a sus fans con su imaginación durante muchos años.

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