Salamina, de Javier Negrete

En el género fantástico español no salimos de pobres. Las cifras de ventas son tan reducidas que incluso los escritores que triunfan no pueden recibir más que pagos simbólicos por sus esfuerzos. ¿Cómo vamos a esperar a largo plazo que nuestros autores nos ofrezcan una dedicación plena y un cuidado por los detalles como el de los grandes escritores anglosajones del género? La cruel realidad, nos guste o no, nos aboca a que los mejores talentos acaben abandonando la literatura fantástica en busca de mejores pastos.
Esto es lo que parece que está ocurriendo con Javier Negrete, mi autor español favorito dentro del género. Asegura que continuará la saga de Tramórea, pero últimamente se está dedicando a ganar el errático pero cuantioso premio Minotauro (con Señores del Olimpo, basada en la mitología griega) y a publicar novelas históricas (Alejandro Magno y las Águilas de Roma, y ahora Salamina). Aunque preferiría más fantasía épica, estas tres novelas no dejan de llamar mi atención, por más que hasta el momento sólo me haya leído Salamina.
Como su título sugiere, trata de la batalla naval de Salamina, la más importante de la antigüedad, en la que los aliados griegos inflingieron graves pérdidas a la armada de Jerjes, y de los acontecimientos que llevaron hasta ella. La batalla de las Termópilas y la resistencia hasta la muerte de los trescientos espartanos encabezados por Leónidas han capturado nuestra imaginación (véase la espectacular y entretenida aunque poco realista película 300, basada en la novela gráfica de Frank Miller, y por supuesto la soberbia y épica novela Puertas de fuego, de Steven Pressfield), pero lo cierto es que esa batalla no fue más que una anécdota en la segunda guerra médica, de valor más simbólico que práctico. Fue en Salamina donde la invasión persa encabezada por Jerjes sufrió un golpe importante, que llevó al emperador a volver a su capital, dejando el esfuerzo bélico en manos de su general Mardonio, el cual fue derrotado definitivamente al año siguiente por los aliados griegos en Platea y Micala.
El gran héroe de Salamina fue el dirigente ateniense Temístocles, que había logrado convencer a sus conciudadanos de que la única esperanza de evitar que Atenas cayera bajo el yugo del imperio persa era dotarla de una gran armada. De grandes dotes demagógicas y visión estratégica, Temístocles tuvo que hacer verdaderos encajes de bolillos para resistir las intrigas políticas en la casi ingobernable democracia de su ciudad natal y mantener el equilibrio en la aún más inestable coalición de ciudades griegas. El éxito le llegó como resultado de su inquebrantable fuerza de voluntad, habilidad política y un insaciable hambre de gloria y ambición personal.
La novela cuenta la vida de Temístocles, arrancando en el prólogo desde un incidente (ficticio, claro) en su infancia que originó su ambición por ser alguien, porque su nombre fuera recordado. Se trata de una escena importante dentro del exitoso esfuerzo del autor por humanizar y hacer cercano a su protagonista, pero se sacrifica algo de verosimilitud, pues uno se pregunta cómo puede ser que Temístocles casualmente coincidiera de niño en un aula con varios futuros líderes atenienses.
A partir de ahí se nos cuenta la primera guerra médica, culminando en la victoria ateniense en Maratón, y sobre todo la segunda, aquella en la que en un sólo día se ven culminados los sueños y esperanzas de Temístocles en una monumental batalla naval frente a las costas de Salamina, después de que los atenienses hubieran tenido que renunciar a defender su ciudad ante la superioridad numérica de los ejércitos de Jerjes y la hubieran evacuado, permitiendo que fuera incendiada y arrasada por los persas.
Negrete hace gala de sus grandes habilidades para la narración épica, haciendo hábil uso de una extensa galería de personajes y no dando tregua al lector con un ritmo a menudo frenético, sin que ello le impida profundizar en el lado humano de los personajes. Hay un buen equilibrio dramático entre las relaciones de los personajes y el conflicto bélico. El autor se muestra respetuoso con la grandeza y cultura del imperio persa, aunque la mayor grandeza queda reservada para la imperfecta y caótica pero también brillante democracia ateniense, obligada a soportar el mayor peso de la guerra ante la actitud de unos aliados en general más preocupados por defender el Peloponeso que el Ática. Peor parados salen los espartanos, con la honrosa excepción de Leónidas y los suyos, más dedicados a buscar excusas para no comprometerse en ayuda de sus rivales atenienses que a combatir a los persas. Como le dice Leónidas a Temístocles por medio de un emisario poco antes de morir en las Termópilas, "que cuando piense en Esparta no se acuerde de las intrigas del consejo de ancianos ni de mi colega Latíquidas. Que se acuerde de mí, de mis trescientos hombres y de las Termópilas."
En algún momento el autor comete algún exceso de principiante, como al insistir varias veces durante el viaje de Temístocles al imperio Persa tras la primera guerra médica en abrumarnos con su labor de documentación. Sin embargo, salvo por un par de casos concretos, el resultado de esta labor de documentación es exquisito, y resulta también muy interesante la nota histórica que el autor incluye al término de la novela.

Estamos ante una muy buena novela histórica, cuyas 600 páginas disfrutarán sin duda los aficionados a la épica. De fantasía hay poco más que varios mensajes de los dioses durante el sueño de algún personaje y las profecías del oráculo, todas ellas fácilmente explicables sin recurrir a lo sobrenatural, pero me atrevo a pronosticar que el lector habitual de fantasía épica no saldrá defraudado, sobre todo si tiene interés por un momento histórico clave en la historia de la civilización occidental.
Cuenta Heródoto que el premio al valor por ciudades se lo llevaron los egitas, mientras que el individual, aunque con envidia y a regañadientes, se lo concedieron todos a Temístocles. Tras retirarse al Itsmo y votar desde el altar al general más valeroso, cada uno se eligió en primer lugar a sí mismo y en segundo a Temístocles.
Los lacedemonios, por su parte, lo condujeron a Esparta. Y si bien allí el premio al valor se lo concedieron a Euribíades, a él le otorgaron una corona de oliva en reconocimiento de su sabiduría, le regalaron el mejor carro de la ciudad e hicieron que trescientos jóvenes le escoltaran hasta la frontera.
Se cuenta también que en las siguientes Olimpiadas, al presentarse Temístocles en el estadio, los espectadores se desentendieron de los deportistas y no dejaron de mirarlo en todo el día mientras entre aplausos de admiración se lo señalaban a los extranjeros y les decían quién era.
Al oírlos Temístocles confesó complacido a sus amigos:
- En este día he recogido el fruto de mis esfuerzos por Grecia.
Plutarco, Vida de Temístocles, XVII




















