viernes, julio 04, 2008

Salamina, de Javier Negrete



En el género fantástico español no salimos de pobres. Las cifras de ventas son tan reducidas que incluso los escritores que triunfan no pueden recibir más que pagos simbólicos por sus esfuerzos. ¿Cómo vamos a esperar a largo plazo que nuestros autores nos ofrezcan una dedicación plena y un cuidado por los detalles como el de los grandes escritores anglosajones del género? La cruel realidad, nos guste o no, nos aboca a que los mejores talentos acaben abandonando la literatura fantástica en busca de mejores pastos.

Esto es lo que parece que está ocurriendo con Javier Negrete, mi autor español favorito dentro del género. Asegura que continuará la saga de Tramórea, pero últimamente se está dedicando a ganar el errático pero cuantioso premio Minotauro (con Señores del Olimpo, basada en la mitología griega) y a publicar novelas históricas (Alejandro Magno y las Águilas de Roma, y ahora Salamina). Aunque preferiría más fantasía épica, estas tres novelas no dejan de llamar mi atención, por más que hasta el momento sólo me haya leído Salamina.

Como su título sugiere, trata de la batalla naval de Salamina, la más importante de la antigüedad, en la que los aliados griegos inflingieron graves pérdidas a la armada de Jerjes, y de los acontecimientos que llevaron hasta ella. La batalla de las Termópilas y la resistencia hasta la muerte de los trescientos espartanos encabezados por Leónidas han capturado nuestra imaginación (véase la espectacular y entretenida aunque poco realista película 300, basada en la novela gráfica de Frank Miller, y por supuesto la soberbia y épica novela Puertas de fuego, de Steven Pressfield), pero lo cierto es que esa batalla no fue más que una anécdota en la segunda guerra médica, de valor más simbólico que práctico. Fue en Salamina donde la invasión persa encabezada por Jerjes sufrió un golpe importante, que llevó al emperador a volver a su capital, dejando el esfuerzo bélico en manos de su general Mardonio, el cual fue derrotado definitivamente al año siguiente por los aliados griegos en Platea y Micala.

El gran héroe de Salamina fue el dirigente ateniense Temístocles, que había logrado convencer a sus conciudadanos de que la única esperanza de evitar que Atenas cayera bajo el yugo del imperio persa era dotarla de una gran armada. De grandes dotes demagógicas y visión estratégica, Temístocles tuvo que hacer verdaderos encajes de bolillos para resistir las intrigas políticas en la casi ingobernable democracia de su ciudad natal y mantener el equilibrio en la aún más inestable coalición de ciudades griegas. El éxito le llegó como resultado de su inquebrantable fuerza de voluntad, habilidad política y un insaciable hambre de gloria y ambición personal.

La novela cuenta la vida de Temístocles, arrancando en el prólogo desde un incidente (ficticio, claro) en su infancia que originó su ambición por ser alguien, porque su nombre fuera recordado. Se trata de una escena importante dentro del exitoso esfuerzo del autor por humanizar y hacer cercano a su protagonista, pero se sacrifica algo de verosimilitud, pues uno se pregunta cómo puede ser que Temístocles casualmente coincidiera de niño en un aula con varios futuros líderes atenienses.

A partir de ahí se nos cuenta la primera guerra médica, culminando en la victoria ateniense en Maratón, y sobre todo la segunda, aquella en la que en un sólo día se ven culminados los sueños y esperanzas de Temístocles en una monumental batalla naval frente a las costas de Salamina, después de que los atenienses hubieran tenido que renunciar a defender su ciudad ante la superioridad numérica de los ejércitos de Jerjes y la hubieran evacuado, permitiendo que fuera incendiada y arrasada por los persas.

Negrete hace gala de sus grandes habilidades para la narración épica, haciendo hábil uso de una extensa galería de personajes y no dando tregua al lector con un ritmo a menudo frenético, sin que ello le impida profundizar en el lado humano de los personajes. Hay un buen equilibrio dramático entre las relaciones de los personajes y el conflicto bélico. El autor se muestra respetuoso con la grandeza y cultura del imperio persa, aunque la mayor grandeza queda reservada para la imperfecta y caótica pero también brillante democracia ateniense, obligada a soportar el mayor peso de la guerra ante la actitud de unos aliados en general más preocupados por defender el Peloponeso que el Ática. Peor parados salen los espartanos, con la honrosa excepción de Leónidas y los suyos, más dedicados a buscar excusas para no comprometerse en ayuda de sus rivales atenienses que a combatir a los persas. Como le dice Leónidas a Temístocles por medio de un emisario poco antes de morir en las Termópilas, "que cuando piense en Esparta no se acuerde de las intrigas del consejo de ancianos ni de mi colega Latíquidas. Que se acuerde de mí, de mis trescientos hombres y de las Termópilas."

En algún momento el autor comete algún exceso de principiante, como al insistir varias veces durante el viaje de Temístocles al imperio Persa tras la primera guerra médica en abrumarnos con su labor de documentación. Sin embargo, salvo por un par de casos concretos, el resultado de esta labor de documentación es exquisito, y resulta también muy interesante la nota histórica que el autor incluye al término de la novela.



Estamos ante una muy buena novela histórica, cuyas 600 páginas disfrutarán sin duda los aficionados a la épica. De fantasía hay poco más que varios mensajes de los dioses durante el sueño de algún personaje y las profecías del oráculo, todas ellas fácilmente explicables sin recurrir a lo sobrenatural, pero me atrevo a pronosticar que el lector habitual de fantasía épica no saldrá defraudado, sobre todo si tiene interés por un momento histórico clave en la historia de la civilización occidental.


Cuenta Heródoto que el premio al valor por ciudades se lo llevaron los egitas, mientras que el individual, aunque con envidia y a regañadientes, se lo concedieron todos a Temístocles. Tras retirarse al Itsmo y votar desde el altar al general más valeroso, cada uno se eligió en primer lugar a sí mismo y en segundo a Temístocles.

Los lacedemonios, por su parte, lo condujeron a Esparta. Y si bien allí el premio al valor se lo concedieron a Euribíades, a él le otorgaron una corona de oliva en reconocimiento de su sabiduría, le regalaron el mejor carro de la ciudad e hicieron que trescientos jóvenes le escoltaran hasta la frontera.

Se cuenta también que en las siguientes Olimpiadas, al presentarse Temístocles en el estadio, los espectadores se desentendieron de los deportistas y no dejaron de mirarlo en todo el día mientras entre aplausos de admiración se lo señalaban a los extranjeros y les decían quién era.

Al oírlos Temístocles confesó complacido a sus amigos:

- En este día he recogido el fruto de mis esfuerzos por Grecia.

Plutarco, Vida de Temístocles, XVII

jueves, mayo 22, 2008

El niño marciano, de David Gerrold



Esta reseña fue publicada originalmente en Sedice


David Gerrold, autor del guión del que para muchos es el mejor capítulo de la serie original de Star Trek («The Trouble With Tribbles»), expande en la novela El niño marciano el relato homónimo por el que recibió en 1995 los premios Hugo y Nebula.

Se trata de una historia narrada en primera persona, con fuerte componente autobiográfico, en la que David, el protagonista, siente la necesidad de formar una familia y decide adoptar a un niño. Ni su preferencia sexual (es homosexual) ni su condición de soltero suponen un problema en el sistema legal de California, pero de todas formas se enfrenta a un largo proceso repleto de informes y burocracia. A pesar de todas las dificultades, David persevera y finalmente se ve conmovido por la foto de uno de los chicos para los que se busca familia adoptiva, un niño de ocho años con problemas de conducta e hiperactividad, que ha pasado por numerosos hogares de acogida y además está convencido de ser un niño marciano, abandonado en nuestro planeta por quién sabe qué motivo. Al parecer las fantasías de este tipo son un mecanismo de defensa psicológica relativamente frecuente en niños que han sido maltratados o abandonados y que han aprendido a desconfiar de los adultos.

Una vez realizada la adopción, el inexperto padre se conduce con una sensibilidad y empatía realmente encomiables. Sorprendentemente, la mayor parte de los problemas que serían de esperar con un niño tan maltratado por el sistema no se producen. La relación entre padre e hijo es buena y los problemas de conducta del niño parecen irse atenuando. Hasta que, de repente, todo cambia. El pequeño comienza a comportarse de forma atroz y a asegurar que su verdadera familia, los marcianos, vendrán pronto a recogerle. David empieza a cuestionarse sus propios motivos y su capacidad como padre.

David GerroldEl niño marciano puede resultar ligeramente desconcertante en algún momento puesto que no se acaba de entender la intención del autor. Como exploración de las dificultades asociadas a la adopción de un niño problemático o como narración autobiográfica de las experiencias del autor resulta demasiado ligero. La historia pasa de forma superficial por muchos de los acontecimientos que suceden en los dos años que describe la novela, deteniéndose sólo en aquellos que llaman la atención del autor. Además, la atención se ve dividida por una subtrama en la que el padre adoptivo, que para colmo es escritor de ciencia ficción, empieza a dudar de que el supuesto origen marciano de su hijo sea sólo una fantasía, basándose en evidencias anecdóticas pero difíciles de descartar sin más. El lector, por tanto, no sabe si esperar que la historia siga siendo una narración casi autobiográfica o que entre decididamente en el campo de la ciencia ficción.

En cualquier caso, éste es parte del encanto de esta breve novela, sencilla y llena de sentimiento en muchos momentos y peculiar en otros. El lector disfrutará de ella y de su mensaje positivo si la lee con complicidad y se deja afectar por el amor, la paciencia y la sensibilidad de los que hace gala el padre. A ello ayuda la obvia implicación emocional del autor en una historia inspirada en sus propias experiencias. Paradójicamente, a pesar de esta inspiración en hechos reales, la historia quizá resulte poco convincente para el que se aproxime desde una perspectiva más cínica. Demasiado ideal y edulcorada por momentos, posiblemente. Demasiada poca exploración de la psicología del niño y de cómo va superando sus problemas. Pero éstas son las premisas de El niño marciano, su defecto y su encanto al mismo tiempo.

En resumen, El niño marciano es una historia sencilla pero emotiva y sentida que conmoverá a muchos lectores. A otros se les atragantará un mensaje que podría criticarse por ser demasiado «hollywoodiense».

Hablando de Hollywood: El año pasado se estrenó en E.E.U.U. una película basada en esta novela, con su mismo título y protagonizada por John Cusack. Al parecer se trata de una versión para todos los públicos, eliminando aspectos como la condición de homosexual del protagonista. Llegará a la cartelera española el 22 de febrero del 2008. Quizá este estreno resulte un buen reclamo comercial para la editorial que publica la novela (prudentemente la portada hace uso de una fotografía con los protagonistas de la película).



Entretanto, el lector interesado puede abrirse el apetito con un adelanto de la novela.



Autor: David Gerrold
Editorial / Colección: Grupo editorial AJEC / Albemuth Internacional
Género: Ciencia Ficción
Edición: Rústica
Año Publicación: 2007
Traductor: Carlos Pranger
Diseño o fotografía de portada: New Line Cinema, Estudio AJEC
ISBN: 978-84-96013-30-8

196 págs.; 22x15 cm.

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martes, mayo 13, 2008

El Lamento de la Garza / Leyendas de los Otori 4



Las leyendas de los Otori es una saga que ha pasado injustamente desapercibida entre la multitud de títulos publicados en las distintas colecciones de género fantástico. De hecho, se la suele encontrar en las librerías enterrada entre títulos juveniles, cuando por su calidad es perfectamente disfrutable por parte del lector adulto.

Situada dieciséis años después de la trilogía original, El lamento de la garza (The Harsh Cry of the Heron) retoma la historia de Takeo, Kaede y sus hijas, aliados y enemigos. Tras las guerras descritas en los libros anteriores, Otori Takeo ha llevado por fin la paz y la estabilidad a los Tres Reinos. Quince años de gobierno pacífico le contemplan. Sin embargo, las conspiraciones de sus enemigos, algunos de los cuales se cuentan entre sus propios familiares, la creciente presión por parte de los exploradores y misioneros occidentales y las ambiciones del emperador y de su aparentemente invencible señor de la guerra, Saga Hideki, amenazan con volver a sumergir los Tres Países en un baño de sangre. Las maquinaciones de la Tribu, una especie de mezcla entre ninjas y magos, continúan y las profecías pronunciadas deben ahora cumplirse.

La historia se conduce así a un final apropiado, con algún rayo de esperanza pero inevitablemente trágico. Lírico, bello, exótico, y de serena melancolía, así es el Japón medieval en que se inspiran Las leyendas de los Otori y así es también El lamento de la garza. Se trata de un final triste pero apropiado para la saga. La larga racha de victorias de Otori Takeo no podían dejar de tener un elevado coste, y antes o después debe llegar el momento de pagarlo.

La historia es amplia, ambiciosa, con muchos personajes y líneas argumentales. Es precisamente esta ambición su mayor defecto. A veces parece que Lian Hearn está a punto de perder el control de una narración tan compleja. Efectivamente, varias de estas líneas argumentales no llegan a desarrollar su potencial. Los misioneros y comerciantes occidentales, la secta de los ocultos y la reaparición de la hermana de Takeo no juegan un papel relevante en el desenlace, como hubiera sido de esperar por su importancia en la trama. Personajes que hubieran merecido convertirse en protagonistas importantes se quedan en secundarios. En ocasiones nos enteramos por testimonios de segunda mano de acontecimientos que hubieran debido figurar en el primer plano de la narración. Sencillamente no hay espacio en la novela para atar todos los cabos de forma satisfactoria.

De todas formas, la imaginación de la autora y su habilidad para crear personajes y evocar ambientes, a la vez que su lenguaje lírico y hermoso, compensan estos defectos y hacen de El lamento de la garza una digna conclusión de la saga.

Queda ahora esperar a que llegue a España la quinta y última novela de la serie. La prometida precuela, Heaven's Net is Wide, apareció el año pasado en inglés y cuenta la historia de Otori Shigeru, el padre adoptivo de Takeo, y de la señora Maruyama.

Entretanto, me he prometido a mí mismo que voy a leer Shogun, de James Clavell, del que tengo buenas referencias y que trata sobre el Japón de este período en clave de novela histórica en vez de fantástica (y no, no he visto la serie).

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viernes, abril 18, 2008

El monstruo de las galletas, de Vernor Vinge




El Grupo AJEC publicó en su colección Albemuth Bolsillo un volumen titulado El monstruo de las galletas, conteniendo un par de novelas cortas de Vernor Vinge, autor de obras tan maravillosas como A Fire Upon the Deep y A Deepness in the Sky. Tengo que aclarar, sin embargo, que este comentario no se refiere a la edición de AJEC, sino a las dos novelas cortas en cuestión, que he leído en inglés. No puedo decir nada, por tanto, sobre la calidad de la traducción y de la edición en español. Utilizo la imagen de la portada en español porque en inglés no han sido publicadas juntas estas dos narraciones.

La novela corta que da título a la edición de AJEC es The Cookie Monster, ganadora de los premios Hugo y Locus del 2004. Al traducirla como "El monstruo de las galletas" se pierde el juego de palabras original, ya que el título no se refiere al personaje infantil sino a las cookies mediante las cuales las páginas web guardan información entre visitas de un usuario. La segunda es Fast Times at Fairmont High, que parafrasea el título de la película Fast Times at Ridgemont High (en español Aquel excitante curso, aunque por lo demás esa película no se parece en nada a esta novela corta).

The Cookie Monster cuenta la historia del primer día de trabajo de Dixie Mae, que ha obtenido un empleo en la sección de Atención al Cliente de LotsaTech, una importante empresa de software. Su trabajo consiste en contestar correos electrónicos con dudas de los usuarios de un programa informático. Sin embargo, entre los mensajes que Dixie recibe se cuela uno lleno de referencias obscenas que además contiene datos sobre su vida privada y su pasado que nadie más debería haber conocido. El hecho es doblemente misterioso porque en Atención al Cliente se trabaja de forma anónima y parece imposible que un usuario pueda saber a qué persona en concreto se está dirigiendo. Indignada, Dixie se lanza a investigar quién es el autor del mensaje obsceno, siguiendo una serie de pistas contenidas en el propio mensaje. Su investigación la lleva a visitar un número de edificios del complejo LotsaTech y a interactuar con varios trabadores dedicados a proyectos variopintos. Pronto comienza a hacerse evidente que LotsaTech encierra un secreto que va más allá de cualquier cosa que Dixie pudiera haber imaginado.

La segunda novela corta, como he mencionado, es Fast Times at Fairmont High, que también fue galardonada con el premio Hugo, en esta ocasión el del año 2002. Sus protagonistas son un grupo de alumnos de trece años enrolados en el prestigioso instituto Fairmont, que se enfrentan a una serie de exámenes cooperativos. La historia está ambientada en un futuro próximo en el que todo tipo de redes e instrumentos tecnológicos para obtener y procesar información, así como para percibir la realidad, están a la orden del día. La tecnología evoluciona a ritmo vertiginoso y lo que hoy es puntero en un par de años será obsoleto. Así, lo que se valora no son tanto los conocimientos como la capacidad de obtenerlos de forma rápida y, sobre todo, la adaptabilidad. Curiosamente, el lema del instituto es "Trabajando duro para evitar quedar obsoletos".

Ambas historia comparten un ritmo frenético y estimulante, no tanto por lo rápido que trascurre la trama sino por la velocidad a la que Vinge lanza conceptos e ideas sobre el lector, sin preocuparse por esperar que todo el mundo los pueda seguir. Así, la sensación que dan es la de ir en la cresta de una ola, en la que por el momento nos estamos enterando de todo pero que en cualquier momento podría sobrepasarnos y dejarnos atrás. De hecho, me parece bastante posible que los lectores menos acostumbrados a los conceptos tecnológicos se pierdan por completo en las discusiones que sostienen algunos de los protagonistas de The Cookie Monster. Realmente se trata de un ritmo que exige toda la atención del lector pero que también resulta estimulante intelectualmente.

En cuanto a las historias en sí, The Cookie Monster es sencillamente brillante. La idea de que la realidad que percibimos puede no ser la auténtica realidad ya no es a estas alturas una novedad. Sin embargo, cuando se emplea bien sigue excitando nuestro sentido de la maravilla. Esto es lo que ocurre con esta novela corta, aunque no voy a revelar más sobre su argumento porque ha de ser descubierto según se lee. La combinación de ideas y conceptos atractivos con un buen argumento resulta en una narración redonda, merecedora de los galardones que ha obtenido.

En cuanto a Fast Times at Fairmont High, su argumento es mucho menos brillante, y pasa a un segundo plano frente al descubrimiento de las tecnologías que pasan ante los ojos del lector, tecnologías que no están demasiado lejos de lo que ahora mismo podemos concebir de forma realista pero que tienen un efecto profundo sobre el modo en que los seres humanos experimentan su vida. Estimulante también, sin duda, aunque resulte exagerada en algún momento, pero puede saber a poco comparada con The Cookie Monster.




En resumen, dos buenos ejemplos de la ciencia ficción dura de Vernor Vinge, siempre con ideas que transmitir y que llega a alcanzar momentos de gran brillantez cuando logra combinarlas con una buena historia, como en The Cookie Monster. No son para todo el mundo, quizás, pero al que le suene bien esta descripción le recomendaría que no se las pierda.

miércoles, marzo 26, 2008

La vieja guardia, de John Scalzi

Old Man's War


El día de su 75 cumpleaños John Perry hizo dos cosas: visitó la tumba de su esposa y se alistó en el ejército.

Old Man's WarComo comienzo no está nada mal, desde luego es memorable. Poco a poco nos enteramos de que el ejército en cuestión pertenece a las colonias humanas, que están en guerra continua con numerosas especies alienígenas hostiles. Las colonias humanas, por motivos que en ningún momento se justifican convincentemente, mantienen a la Tierra desinformada y aislada, cosa que pueden hacer ya que controlan el viaje interestelar y numerosas otras tecnologías avanzadas. Eso sí, reclutan a ancianos de la Tierra para combatir y gracias a su capacidad tecnológica son capaces de rejuvenecerles, dándoles un cuerpo joven y en perfecta forma, además de un útil ordenador en contacto directo con su cerebro. El lado malo es que nunca más podrán volver a la Tierra y que durante el período de servicio militar que se requiere de ellos la tasa de supervivencia es muy baja.

La novela, pues, cuenta la historia del alistamiento de John Perry, las amistades que traba en el ejército colonial y su proceso de entrenamiento y preparación para la guerra. También seguimos su progreso en varias acciones militares contra adversarios de muy distinto tipo.

Se ha calificado frecuentemente a Old Man's War como una mezcla entre la Starship Troopers de Heinlein y la Forever War de Haldeman. La comparación, desde luego, es extremadamente acertada en el caso de Starship Troopers: La vieja guardia es un intento de recuperar el encanto de esta novela juvenil de Heinlein, actualizándola y dirigiéndola hacia una audiencia adulta.

Old Man's War carece del tono promilitarista de Starship Troopers. En lugar de ello hay algún ramalazo pacifista y algún examen de los efectos psicológicos de la guerra que pueden recordar a The Forever War, sin que las semejanzas vayan mucho más allá en este caso. Además, está escrito en un tono desenfadado y por momentos divertido, lo que junto con las aventuras bélicas espaciales que describe lo hacen muy entretenido de leer.

La Vieja GuardiaAunque John Perry es un personaje bien dibujado y con un buen sentido del humor irónico, me resultó algo molesto que el resto de sus amistades también poseyeran el mismo sentido del humor. Demasiado parecidos todos los personajes, vaya. Otro problema de la novela es que, aunque funciona perfectamente como lectura ágil y divertida, podría haber sido mejor si el aspecto más serio de ciencia ficción hubiese resultado creíble. Sin embargo no queda claro por qué las colonias marginan y mantienen en la ignorancia de esa forma a la Tierra, excepto para permitir que el protagonista no sepa qué esperar del servicio militar y por tanto los lectores podamos ir descubriéndolo con él. Tampoco las guerras contra las distintas especies alienígenas resultan demasiado creíbles: Parecería que semejantes conflictos bélicos habrían de decidirse mediante el combate entre poderosas naves de guerra espaciales, siendo el combate cuerpo a cuerpo en la superficie de los planetas una mera anécdota. Sin embargo, simplemente porque eso encaja con la premisa de la novela, aquí cobra gran relevancia el combate cuerpo a cuerpo.

Por otra parte, momentos como la batalla contra seres alienígenas de tamaño diminuto desafían la capacidad del lector de suspender su incredulidad. Tampoco ayuda que casualmente todas las especies en conflicto tengan un nivel tecnológico más o menos equiparable (excepto una que podría barrer a las demás pero no lo hace porque tiene sus propios motivos religioso/culturales para desear estar en guerra continua).

En resumen, que resulta complicado tomarse en serio desde un punto de vista intelectual la historia que cuenta esta novela. Así pues, lo que nos queda es un lectura dinámica y muy divertida de ciencia ficción bélica, con algunos elementos novedosos. Además está bien escrita, con inteligencia y sentido del humor. No es poco, ni mucho menos, aunque precisamente por esas virtudes también queda la incómoda sensación de que quizá Old Man's War podría haber sido algo más.

John Scalzi

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jueves, marzo 20, 2008

El fin de una era


Ha muerto Arthur C. Clarke, el último de los que fueron llamados "los tres grandes" de la edad de oro de la ciencia ficción.

Heinlein, Asimov y Clarke, entre otros, capturaron la imaginación de innumerables lectores en una época en la que la prosperidad de la postguerra y los avances técnicos y científicos prepararon al mundo para el optimismo y los sueños sobre el futuro.

Algunos les han criticado por carecer de una gran calidad literaria. Lo cierto es que, afortunadamente, hay bastantes escritores de elevada calidad literaria. Sin embargo, escritores que hayan inspirado y hecho soñar de esta forma a generaciones de niños y adolescentes no hay tantos.

Descansad en paz, maestros.


Mensaje de despedida de Arthur C. Clarke, con motivo de su 90º cumpleaños:

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